lunes, 27 de abril de 2015

Crossworlds

¿Se puede enamorar uno de alguien por su letra? Si, se puede. Porque la letra dice quienes somos. Nos caracteriza como personas. Así nace esta historia.
Ella se enamoró de el por su letra. Estaba en la sala de espera del dentista, con una muela malita. A su lado había un hombre haciendo un crucigrama. Ella no solía meterse en la vida de los otros, pero es que le encantaban los crucigramas. Se asomó un poquito y echó una mirada a las referencias. Símbolo químico del Berilio. Él no la sabía, era la 2-vertical y estaba vacía. Miraba con furia disimulada ese par de cuadraditos blancos, sin animarse a hablar, a decirle la respuesta. Trató de distraerse en las otras respuestas, y ahí pasó. ¡Madre mía! ¡Que letra! Era una imprenta prolija, un poco inclinada a la izquierda. Era maravillosa. Se quedó como embobada mirando esa caligrafía ejemplar, tanto que ni escuchó que la llamaban. El hombre a su lado le tocó el hombro y se despertó. Dijo algo como "creo que te están llamando" y la miró a ver si estaba bien. Se veía dulce y amable, aunque fruncía el ceño con preocupación, eso no lo hacia sino más atractivo. Ella contestó algo como "Stoi biengracia"y se fue hasta el consultorio. Después de una extracción poco delicada, salió. Tenía la esperanza entumecida, y la cara también. Esperaba vanamente que el hombre siguiera ahí. No estaba. Había dejado el crucigrama a medio acabar. Solamente le faltaba la 2-vertical. Se lo guardó en el bolso y se fue. No lo volvió a ver en su vida, pero murió enamorada del tipo ese del crucigrama que guardaba celosamente bajo su almohada.
         

jueves, 23 de abril de 2015

Sangre negra

Buenas, vengo a contar una historia :)
Verán, yo soy uno de esos médicos que sacan sangre. Loable y heroica tarea la de pinchar a la gente y sacarle sus fluidos vitales. Bueno, ella llegó un miércoles al mediodía, en la clínica San Antonio. Llegó cargada de papeles, con los lentes dorados chuecos, haciendo equilibrio en la punta de si nariz. Los rulos negros se arremolinaban al rededor de su cara, desprendiéndose del moño como si chorrearan en regueros espiralados. Dejó todas sus cosas en la mesita de recepción y entró al mínimo consultorio. Su piel mulata contrastaba con las paredes blancas. La saludé así como protocolarmente y me dispuse a buscar todas las cosas que necesitaba. Pero algo en ella me atraía, no podía evitar mirarla. Sus ojos me observaban inquietantemente. Dos piletas negras vacías de iris. Todo pupila. Y olía a tinta y a papel. Pero a una tinta y a todas. De lapicera, de máquina de escribir, de impresora, tinta china. Todas perfectamente reconocibles. Inundó mi mente y me embotó el cerebro. Así, cuando le saqué un tubo lleno de sangre espesa negra, ni me inmuté.

lunes, 6 de abril de 2015

Os maldigo

 Os maldigo. Con todos mis dotes de escritora, os maldigo. Con el fuego de mi sangre y el veneno de mi lengua, os maldigo. Y dejo aquí asentado, en tinta azul y papel amarillo, que os maldigo.
 Que el viento sople en vuestra cara, que la lluvia apague vuestro fuego, que el hielo os frene las piernas, y que nunca se eleve vuestro vuelo.
 Os maldigo.
 Maldigo vuestra boca rápida, vuestro corazón frío. Maldigo vuestra mirada caoba que siempre pudo conmigo. Os maldigo una y mil veces, por cientos de años fatídicos. Y que vuestros hijos (si es que los tenéis) también estén malditos. No os maldigo por dejarme sola, mucho menos por haberos ido. Maldigo con saña y con ira, por perseguirme hasta en lo onírico.
 ¡Dejadme partir! Dejadme, os digo. Seguid con vuestra vida, ahora que estáis maldito. Que vuestros sueños se derritan y se interpongan en vuestro camino. Acusadme de cruel, de malvada, pues lo admito. Vivir mi maldición es, de pleno, vuestro castigo. Hasta que exhaléis el último aliento seguirá contigo. Pegado a vuestra alma oscura es que va este maleficio. Y no habrá de abandonaros nunca sin mi permiso. ¡Arrodillaos! ¡Pedidme perdón, que es lo que necesito! Si no expiáis vuestros errores, pues morid de dolor, que sin cuidado me ha traído. Y esperando que esto se cumpla, que sientas mis palabras, ¡Arrepentíos! Puesto que nada más tengo que decir, os maldigo.