domingo, 27 de septiembre de 2015

Roja


Roja.
La roja está ahí.
Deslizándose por su  mar negro.
¿Le dolerá?
No me importa.
Esta roja.
Blanca y roja.
Y negro, su mar negro.
Jirones grises la recorren.
Vistiendola por partes.
Desvistiéndola.
Recorriéndola impúdicamente.
La tocan, la acarician,
la rozan.
Y ella está ahí, inmóvil.
Como siempre, blanca.
Tiñéndose de a poco.
Y yo la miro.
Miro como el rojo la abarca,
como que la corroe.
El negro la rodea,
le enmarca el rostro.
Me gusta.
Me atrae ese rojo que la llena.
Pero no dura.
El rojo sigue deslizándose.
Sigue chorreando.
Deja trazos en la noche.
¿Y qué?
Ella está muerta.
Y la luna esta roja.
Roja y blanca, y negra la noche.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Coleccionista de historias



Mamá me dijo que con ellos no se juega. Pero es que son tan divertidos. Suelen asomarse por los balcones, tratando de que les llegue el sol. Otros se deslizan sigilosamente por los pasillos, o se esconden debajo de las camas, o se sientan a mirar aprehensivamente las vetas de la madera de la mesa del comedor. A la noche, si tengo miedo, algunos me susurran sus historias al oído. Suelen ser muy tristes, pero aun así me hacen sentir acompañada. Me gusta sentir que tengo mi propia colección de historias, como las del abuelo. La diferencia está en que él coleccionaba historias y anécdotas propias, y yo las pido como regalo. La gran mayoría se arremolina en la oficina de  mamá. Ahí ella los invoca y los deja ir después de algunas preguntas. Algunos se quedan para hacerme compañía, o porque la magia vudú no los deja partir. Los primeros suelen charlar conmigo, los segundos son Otros. No están ni de un lado ni del otro. Añoran pero no quieren irse si se les da la chance. Se pasean eternamente cabizbajos. No hablan, no comparten, no les interesa nada más que su tristeza. Los Otros son bastante aburridos. Hay días en los que mamá se pone triste, y no sale de la cama. Se pasa el día llorando, abrazando un peluche mío. Nunca le di permiso, pero no me molesta, porque eso le hace bien. Otros días se las pasa investigando, leyendo, anotando hechizos, copiando esquemas, moliendo hierbas en un mortero de madera negra, murmurando posibilidades, garabateando cosas en su cuaderno, quemando sahumerios, prendiendo velas de colores. Otros días se relaja. Se suelta los rulos, se pone un vestido blanco que choca mucho con su piel negra. Se hace café, y pone música suave, como de tambores. Antes también la ponía, decía que le hacía acordar a su papá y a su abuelo. Mis bisabuelos vinieron de África hace muchos años. Se escapaban de algo, o de alguien. No sé. A mí me gusta recorrer la casa buscando, fijarme en los rincones oscuros,  entre las cosas del desván. Curiosamente, a los fantasmas les gusta esconderse debajo de las sábanas. Busco fantasmas de niños, como yo. Nunca vi ninguno. Me gusta pedirles que me cuenten sus historias, tratando de encontrar alguna parecida a la mía. Pero no, nunca. Siempre son historias trágicas, angustiosas, deprimentes. Ninguno murió de gripe.