martes, 24 de noviembre de 2015

Hinkypunk



  Esa noche había niebla. Más que niebla era como un mar lechoso que inundaba el páramo. Se arremolinaba entre los árboles y los matorrales; entre las ruedas del auto parado al ralentí en la pequeña calle de tierra perdida entre los pastizales. El hombre al volante miraba con desidia su teléfono. No tenía señal. Tiró el teléfono  en el asiento del acompañante y se recostó contra el apoyacabezas. Un suspiro ahumado se deslizó entre sus labios resecos. Quería llenárselos de humo acre con un cigarrillo, pero no podía. Se había dejado el atado en su casa y a su hermana no le gustaba que fumara. Pero es que estaba tan cansado. Ese cansancio que se filtra en el tejido esponjoso de los huesos y los hace más pesados. Ese cansancio que hace que llames al trabajo para decir que estas enfermo; que hace que te den trabajo en tu casa; que no haces, porque estás cansado. Ese cansancio que se confunde con la depresión.
   Ese mismo cansancio que hizo que el hombre se escapara del mundo a la casa de su hermana en las costas escarpadas de Inglaterra. Tan cansado estaba de todo que perderse en los campos de camino a casa de su hermana no le resultaba tan abrumador como debía. Y eso que ella le había dicho más de una vez que si se le hacía tarde buscara un hostal, o una pensión, una posada, algo donde pasar la noche. “Ni se te ocurra seguir andando una vez que anochece. No quiero que te pase nada” había dicho. Pero él no le hizo caso, porque estaba cansado y no quería parar, quería llegar a casa de su hermana y descansar. Y ahora estaba perdido en el medio de la niebla mirando el techo. Sin cigarrillos.
   Alzó la vista ya resignado y vio la niebla a la luz de su único faro. Vio el pasto seco, la tierra húmeda por la bruma eterna del mar. Vio dos luces rojas más adelante. Luces de auto. Se irguió sobre s asiento y despertó al motor con un giro de la llave. Se puso en marcha hacia las luces que se alejaban pensando en que quizás podría pedir direcciones. O quizás alojamiento, o quizás solo compañía. Quizás. Avanzó pisando la bruma con las ruedas, navegando en las olas blancas. Las luces parecían acercarse de a poco, pero aun no podía ver el auto frente a él. Aceleró, haciendo que su auto traquetee sobre los yuyos. Dando bandazos sobre el terreno irregular.   
   De golpe su auto se hundió y se caló. El hombre le volvió a dar arranque, y aceleró pero el auto no se movió. Las ruedas enlodadas giraban sin avanzar salpicando barro y pasto. Soltó una retahíla de improperios y salió. Por suerte las luces del otro auto habían parado más allá. “Habrá escuchado que me empantané” pensó. Se dirigió avanzando con el barro hasta los tobillos. Gritó pidiendo ayuda pero el otro conductor parecía no prestarle atención. O ni siquiera importarle. Sintió un escalofrío en la nuca y se estremeció pero no se detuvo. Las luces estaban ahí, llamándolo, guiándolo entre las nubes de niebla. Y se despeñó. Cayó por el acantilado en dirección al mar con las luces rojas flotando sobre su cabeza, lejos del borde. Lo último que escuchó fue la risa del malvado demonio en sus oídos.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Desperation



Leer escuchando ESTO


La noche esta estrellada
y fría, y oscura.
Y yo estoy sola.
Debatiéndome,
peleándome por encontrarme.
La noche me araña,
porque  sabe que estoy triste.

¿Qué será de mí
cuando me dé por vencida?
Cuando decida de pronto
que nada vale la pena.
¿Qué será de mí
cuando me arranque las venas?
Cuando me dé cuenta
que si muero nadie lloraría.

¡Las palabras se me escapan!
Ya no las tengo
no son mías.
Las pierdo, me pierdo,
pierdo los ojos, la piel,
la sonrisa, las venas,
las noches, los días.
Pierdo el motivo intermitente
que me empuja las piernas.
Que me guía, me ata,
me somete, me tortura,
me libera, me inspira,
me golpea, me cura.

Aunque…

La luna me mira
indiferente, lejana.
Envuelta entre sus nubes
de virulana hecha harapos.
La luna me sonríe
pidiéndome que la siga
sabedora de que sus seguidores
no son otros que suicidas.

¿Y si la siguiera?
¿Y si acudiera a su llamado?
¿Y si fuera,
si subiera a su lado al cielo?
Podría ver desde arriba
todas las miserias que pasé.
Vería como sollozan otros
con lágrimas falsas de papel.

Me robo las palabras
de tumbas, de mazmorras,
de cafés y bares y escuelas,
de bocas ajenas, de bolsillos,
de carteras y sobres y cajas
y de tiza borrada en la vereda.
Me plagio las letras
y las vidas y las muertes,
las tristezas que se sufren,
los amores que te rompen,
que dejan moretones y cicatrices.
Y la noche no  te   ayuda    a     sanar
porque   es    indiferente
      y   fría,
         y   cruel.



jueves, 15 de octubre de 2015

El hielo



Me llama
Está llamándome ahora mismo.
Murmura mi nombre.
El hielo.
Sabe cuándo hablar,
y cuándo callar.
Siempre está pendiente
de esos momentos
en los que no me siento
yo misma.
Me susurra mi nombre al oído.
Me habla como si nos conociéramos.
Y nos conocemos.
Demasiado bien, me parece.
Siempre está ahí
su vos.
Sus palabras.
Su eterna insinuación.
Se esconde bien
sabe esconderse y que aún así
lo escuche.
En el fondo de la voz
de mis amigos.
En el frufrú de la tela
cuando abrazo a mis hermanos.
Entre las letras de las canciones
que, pienso, me dan refugio.
Escucho su voz ahora,
entre la melodía de las teclas.
Me dice que lo busque,
que lo siga,
que lo use,
que lo sienta,
que lo sufra.
Trato de resistirme.
Siempre trato.
Pero es constante.
Hay veces que,
simplemente,
no puedo.
Y me dejo ir.
Y le hago caso.
Y después me arrepiento.
El hielo,
a veces,
es más fuerte que yo.