jueves, 28 de agosto de 2014

Unocho

Mañana cumplo unocho años. Y no sé cómo he de sentirme. Es que simplemente el numero unocho es tan raro. Es un numero par, si, pero esta tan lejos del doscero como del unocinco. Los unochos años son, sinceramente, bastante corrientes ¿Debería sentirme diferente? ¿Más vieja?, ¿más sabia?, ¿más madura?, ¿Más? No se, pero se que mañana, a partir de las unodos horas, voy a ser una persona oficialmente mayor de edad. Si eso es bueno o es malo es un misterio. Es un poco ambiguo el numero unocho. Es muchas cosas y aún así no llega a ser un cuarto de vida.

sábado, 23 de agosto de 2014

Torpe (tres veces torpe)


La chica esa era torpe (si señor). Pero no era esa torpeza que hace ver a las chicas lindas, adorables, tímidas, medio inútiles, pero aun así muy tiernas. Qué se yo (la chica sabía aún menos). No de esa que se ve en las novelas (Y en la tele, y en las películas, y en las revistas, y en la farándula, y en…). Esa tenía la torpeza que la hacía ver tonta, ridícula, cómica, completamente vergonzosa,  y esa odiaba ser así. Pero además de torpe era conformista (demasiado conformista). Así que quiso cortarse la mano derecha y el pie izquierdo, pera tener una excusa (por ser torpe, no conformista). Pero de lo torpe que era, se cortó un dedo izquierdo y una uña derecha. El dedo era el anular, y la uña del meñique del pie (uy, qué terrible). Esa se desasosegó, no era lo que quería, no le daba una excusa suficiente, pero no lo iba a cambiar. Ni lo iba a intentar de nuevo (porque le había dolido mucho). Así que se quedó con un dedo menos y nunca pudo casarse (porque no tenía un dedo para la alianza). Nunca tuvo hijos y solamente crió camada tras camada de gatos. Murió. (Muy torpemente, hay que decirlo)

miércoles, 20 de agosto de 2014

Luz y oscuridad


Cuando llegué, solo había luz. Una luz cegadora, que no me permitía ver, solo reír. Con el tiempo la luz comenzó a opacarse, pero no a claudicar. Tomó otros matices, bajando hasta un gris tenue, o escalando aun blanco irreal. Pero crecí, y empecé a notar las manchas negras de la vida. Por un tiempo solo dejé que las manchas pasaran a mis lados, pero no sobre mí. Tristemente, el mundo se fue haciendo cada vez más oscuro. Las blancas y tintineantes carcajadas del pasado fueron apartadas por unas grises sonrisas ambiguas. La oscuridad ya no solo me rodeaba, me empujaba, me golpeaba, me hería, buscando un lugar por donde entrar. Por un tiempo abracé la oscuridad, dejando que me amparara, dejando que fuera parte de mí. Muchas veces me dijeron que la dejara ir, que la despegara de mi piel. Pero no podía, no quería hacerlo. Ser oscura me daba una excusa y una protección que no encontraba en nada más. No creo que entiendas. La oscuridad me llenó por un período corto de tiempo, pero que se sintió como una eternidad. Adoptar la oscuridad traía sus desventajas. Alargaba los días y las noches, creando un espiral sin fin. Pero tarde o temprano, algo tenía que cambiar. Llegó alguien diferente a los demás. Era oscuro como yo, pero también era luminoso. Aunque él no lo notase. Era perfecto. No quiso convencerme de que la oscuridad era mala, no quiso que me desprendiera de ella. Simplemente me mostro mi propia luz, me hizo creer en mi propia luz, me convenció de que la luz que tenía era hermosa a su manera y que no tenía que erradicar a la oscuridad. Tenía que mantenerla a raya. Y heme aquí, aún con algo oscuro en mí, a gusto con la oscuridad que tengo y con lo que ella hace de mí. Porque no hay nadie que sea absolutamente luz, ni nadie que sea absolutamente oscuridad.

viernes, 15 de agosto de 2014

El cazador

El cazador siguió con cuidado las huellas, los indicios, los olores, las señales. Se escabulló entre unos arbustos y se escondió detrás de un roble robusto y añejo. Asomó media cara y vio su objetivo. Sacó dos flechas del carcaj y acomodó la primera en el arco. La segunda la dejó en su boca, para poder agarrarla rápidamente. Tensó la cuerda y apuntó apoyado en la horqueta del árbol. Inspiró profundamente y soltó la flecha. Rápidamente cargó la segunda y la lanzó sin tantos aspavientos. Ambas dieron en el blanco. Se acercó cauteloso al bulto inmóvil en el suelo. Lo tocó con la punta de la bota y, al ver que no reaccionaba, recuperó las flechas y comenzó a atar . Realizó varios nudos fuertes para asegurar la carga, se la montó en los hombros y emprendió el camino de vuelta. Fue cuidadoso de no golpear nada, ni por accidente. El paquete debía quedar intacto, exceptuando los dos limpios agujeros de las flechas. Caminó toda la noche, acompañado por los sonidos de la naturaleza. Al amanecer llegó al destino con la frente perlada de sudor, pero animado. Alivió sus hombros del peso dejándolo en el pavimento, recogió el dinero y se fue sintiéndose extrañamente miserable.

domingo, 10 de agosto de 2014

Im et Eam

Ella era invisible.
Era callada y solía perderse en sus pensamientos.
Tenía la tristeza grabada en los ojos.
Pero nadie la veía.
Quizás porque nadie la miraba a los ojos.
Ella estaba sola.
La gente pasaba a su lado, a través de ella.
Ella solo deseaba ser como El.

El era vistoso.
Hablaba y reía sin detenerse a pensar.
Pero tenía la tristeza grabada en los ojos.
Y nadie la veía.
Aunque todos le miraran a los ojos.
El estaba solo.
La gente lo rodeaba, lo arrinconaba.
El solo deseaba ser como Ella.

Ella solo deseaba ser vistosa.
El solo deseaba ser invisible.