domingo, 28 de junio de 2015

Roller coaster

  Life is like a roller coaster, canta Cocorosie. Y si. Es una puta montaña rusa. Aunque en mi caso sería el amor. 
  Subí y bajé en ondas suaves y pronunciadas por mucho tiempo. Después subí de golpe, frenéticamente, toque el cielo. Pero después de la subida viene la bajada. Bajé. Me estrellé, se salió el carrito de las vías y me fui a la mierda. Después, de a poco, me fui curando los huesos, lamiéndome las heridas, y volví a encausar el carrito como pude. Traqueteaba y se balanceaba inseguramente, pero avanzaba. Se movía en una planicie yerma surcada solamente por la vía estéril que no iba a ninguna parte. Y de nuevo subí. Más rápido que nunca, más fuerte, más de golpe. Era una subida vertical a miles de kilómetros por hora. Toqué el cielo por unos segundo y y caí. La caída era igual de abrupta, y lo único que podía hacer era agarrarme y esperar el golpe con una sonrisa. Se terminaron las vías, y me fui de nuevo a la mierda. Me quedé tirada unos segundos, pero esto ya me había pasado antes y sabía que hacer. Levantar el carrito, limpiarme las heridas, desperezarme para acomodar los magullones en su lugar y caminar empujando el carrito hasta encontrar la vía de nuevo. Pan comido. Pero no, ahora no bastaba con que me haya ido al carajo, ni que haya terminado hecha pedazos de nuevo. No, tenía que caer un puto rayo encima mío. Justo hoy, justo ahora. Volver a levantarse, volver a acomodarse. Todo de nuevo. No, es demasiado. Prefiero quedarme sentada y dormir si es que siempre va a ser así. La Nada, después subir, después estrolarse contra el piso. Nah, así no. Thanks, no thanks.

miércoles, 24 de junio de 2015

Cardo

  ¿Alguna vez vieron un cardo? Es un yuyo pinchudo y feo. Tiene flores feas y pinchudas, de colores muy llamativos. No tiene perfume, nada más que olor amargo a yuyo. Tiene una corona de espinas, cual mártir de la inquisición, que pincha a quien se acerque sin premio ni recompensa. El cardo envidia por eso a la rosa; ella tiene espinas y lastima, pero por lo menos es hermosa, suave y perfumada. Y todo el mundo la ama. ¿Quién ama al cardo?
  A veces aparece alguien que piensa que tratándolo de alguna forma especial, va a poder salvarse del pinchazo, de la sangre, de la herida. Nunca se salva nadie. Con las flores en alto, el cardo soporta inmutable el golpe enojado de a quien haya herido. Se queda partido, tirado a la vera mientras ve irse al otro, que se lame las heridas remilgadamente. Y el yuyo se queda, se queda; querido por nadie, sanándose solo. Quizás alguien lo vea y lo ayude a erguirse , pero huirá lastimado por las espinas. El cardo es orgulloso, entregado, solitario. Impiadoso. El cardo soy yo.

domingo, 21 de junio de 2015

Mar del Plata

          Mar del Plata no es como todas las ciudades. Es especial. Acá el mar no es cristalino y límpido. Las playas no son de arenas blancas y cálidas. Acá la gente no te recibe siempre con una sonrisa grabada en la cara. Mardel no será la ciudad más limpia de todas, ni la más grande, ni la más afamada, ni la de la gente más simpática. Pero es la ciudad más linda que conozco.
          Acá el mar es turbio en la orilla, lleno de arena y sal; y de un verde azulado majestuoso en alta mar. Cuando el sol se refleja en la olas, se puede ver un arco iris en miniatura. Con la sombra de las nubes se oscurece, pareciendo la piel moteada de un enorme animal marino. La arena es terrosa y gruesa, ideal para los castillos de arena más fuertes que habrás visto. Cuando llueve, los colores parecen más nítidos, más verdaderos. Y los edificios de la costa parecen brillar. Mar del Plata es hermosa cuando llueve. Porque la lluvia apaga el asfalto y prende a los árboles, llenando la ciudad de olor a tierra húmeda, pasto mojado y sal. La gente la llama 'La feliz' y no creo que estén equivocados. En las noches la ciudad se viste de fiesta y deslumbra con sus luces. Los festivales tan grandes, dándose aires de grandeza, cuando no es para tanto. Hay también pequeños festivales personales, que son los más hermosos, los más perfectos. La literatura que se lee en un bar, la película de zombies hecha con amigos, la obra de teatro hecha con amor y no con fama, la murga que se levanta para seguir viviendo, el arte que se vive en la calle y no solo se mira. La vida que pasa más lentamente que en una capital y más rápido que en un pueblo. Es esta cosa intermedia, perfecta como el otoño, que no es ni mucho frio ni mucho calor. Y hablando del clima. Es un desastre. Maravilloso. Calor en verano, templado en otoño y frio en invierno. La primavera no existe. Pero tampoco demasiado calor para derretirse, ni demasiado frio para que nieve. No nieva en Mardel. Nevó una vez, hace mucho, pero nadie de mi edad sabe de eso. Es el mar, dicen, es la humedad, dicen. Pero yo creo que si en Mar del plata nevara, sería ya demasiada perfección junta. Y nadie soporta eso.
         Mar del plata es bastante antipática para ser una ciudad turística. Pero la gente mala hace que la gente buena destaque. Demasiada gente mala hace que una cuidad sea una basura. Demasiada gente buena es tan sospechoso que es antinatural. Y en este equilibrio de gente huraña y gente amistosa es que lo bueno resalta y no se ve avasallado por lo malo. (Menos poéticamente; sí, hay gente de mierda, pero también hay gente muy buena. Y hay más buenos que malos.)
         Amo mi ciudad. Porque fue mi cuna, es mi casa y será siempre mi hogar. La ciudad natal es como el primer amor. Quizás me vaya lejos, muy lejos, y nunca vuelva. Pero siempre va a estar en mi corazón; y de vez en cuando va a volver en forma de nostalgia. Me va a dejar una sonrisa y se va a ir de nuevo. Mi ciudad natal es este punto que me ata, ese centro de gravedad que siempre me atrae y me llama; que cuando estoy me quiero ir, pero cuando me voy solo pienso en volver.
          No es un lugar perfecto, ni de cerca. Hay tanto que hacer, tanto por mejorar. Pero siempre vemos lo malo, y lo malo nos empaña la vista como el aliento en la ventana. Por eso hablo de lo bueno, y ni pienso hablar de lo malo. Porque hay que ver que hay cosas buenas para dejar de quejarse y apreciar un poco más lo que tenemos. Hay que pararse y pensar en que hermosa ciudad tenemos y quererla un poco más. Entonces, queriéndola, dan ganas de ayudarla.
          No se, solamente amo vivir donde vivo, y decirme orgullosamente marplatense.

jueves, 18 de junio de 2015

Rotten

       Ella se veía normal. Ah, tan normal como es posible. Reía, bailaba, y le encantaba el otoño. Normal. Pero nunca iba al médico. Era una fiel defensora de la medicina casera y natural. Infusiones, hierbas, empastes, cosas así. Yerbita buena para curar el mal de amores, incayuyo, viravira, estragón y otros yuyos.
        Ella era normal. Pero estaba podrida por dentro. Todos los yuyos y medicinas nunca la ayudaron a dejar de podrirse. Por eso tenía un perfume dulzón y un poco amargo. Es que todo en su interior esta roto, podrido, corrompido. Ella era buena disimulándolo, así que nunca nadie se dio cuenta. Pero podrían haberlo hecho ¿Es que nunca miraron sus ojos? Ella se miraba al espejo y veía dos piletas vacías, llenas de una nada tan abrumadora que le sacaba el aliento. Quizás se quedaba sin aliento porque sus pulmones también estaban podridos. Vaya uno a saber.
       Tampoco nadie le habrá visto la sonrisa. En apariencia alegre, no era más que un tajo partido en la carne putrefacta. Ni su piel pálida, apergaminada y seca. Ni su risa, que sonaba áspera como si su garganta estuviera hecha de lija. Había tanto que mirar y nadie que lo viera.
        Y nada más. Ella vivió su vida, murió su muerte. Y nadie nunca la salvó de la descomposición lenta y paulatina. Nunca encontraron su cadáver, nada más un montón de tierra negra, ideal para plantar flores hermosas, pero estaba plagada de gusanos. 
                 

jueves, 11 de junio de 2015

Besame en sueños

Soñé que te besaba.
Que mis labios los tuyos tocaban.
Solo fue una fantasía,
¡Pero qué placer me daba!

La miel de tus labios sentía,
como suave y dulce ambrosía.
Sentí el fin del sueño llegar.
Quería que siguiese y no seguía.

Caí en el vacío al despertar,
con el corazón fuera de lugar
Faltaban aún días para verte,
tan solo debía esperar