martes, 19 de febrero de 2013

Pensamientos confusos



La luna asomaba entre las nubes develando así su curvilínea forma de C y los grillos llenaban el aire de una apacible melodía que me hacía recordar las noches en el campo. Ahora, tras esta ventana asegurada de una forma que yo no pudiera abrirla, observaba el pacífico paisaje nocturno que se devalaba ante mí. En verdad era lo único entretenido para mirar, dentro mi habitación era sosa, paredes blancas, cama blanca, piso blanco, ¿Qué puede haber de entretenido en un cuarto de manicomio? La camisa de fuerza me acalambraba los brazos e imposibilitaba la tarea de rascarme la espalda como es debido, por eso de vez en cuando me restregaba contra la pata de la cama como un animal marcando su territorio. Estar encerrada da mucho tiempo para pensar, y de qué forma mi mente volaba cuando me mandaban a confinamiento solitario. La posición de las estrellas me decía que estábamos a fines de marzo, aunque las hojas desparramadas por el césped eran más elocuentes que la posición de esas enormes masas de calor y energía a millones de años luz del hospital. De pronto un grito se escuchó a lo lejos, desde otra parte del complejo, buenas noticias, pronto me sacarían de este aborrecible cuarto albino para dejárselo a alguna otra pobre alma confinada.

Miró



Miró, miró a lo lejos y suspiró, dejando que en ese suspiro se fueran los restos de su voluntad. Miró la rompiente de las olas a pocos metros y saboreó la bruma salada.  Era pleno invierno, la playa estaba vacía. El viento soplaba y movía las hebras de cabello que caían sobre su cara. Un frío que calaba los huesos la hacía tiritar. Dio un paso y sintió la arena helada bajo sus pies desnudos. Se quitó la campera, quedando al descubierto sus brazos desprovistos de mangas, su pecho cubierto por una fina blusa de gasa. Las marcas rojas en sus antebrazos mostraban el dolor de las noches oscuras, cuando sus únicos amigos eran un cutter  y una gasa. Las profundas huellas del dolor y de la soledad eran nítidas ante los suaves rayos del amanecer, que no alcanzaban para derretir la escarcha nocturna.
Cerró los ojos y avanzó, un paso, luego otro. Perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Estaba sola, sola y perdida como tantas mañanas en las que despertaba sin saber qué hacer, qué sentir, qué decir. Verse libre del martirio de la rutina y el tedio la alegró. Eso la hizo sentir mal, no podía permitirse empezar a sentir justo en ese momento. Apuró el paso decididamente, de un momento a otro podría perder las agallas y el coraje propios de los suicidas.
En su mente recitaba a su autora favorita, Alfonsina Storni. Los versos se le escapaban de los labios y volaban lejos, perdiéndose en la lejanía. Versos propios, fruto de las noches de insomnio y desesperanza, se fusionaban con los otros, generando nuevas e inéditas poesías. Poesías que jamás verían la luz del mundo, que quedarían perdidas en las hojas de su cuaderno, entre las líneas emborronadas por las lágrimas y manchadas de sangre.
Cuando sus pies tocaron el agua fría sintió un escalofrío, pero no se detuvo. Siguió adelante sin temerle a la muerte, sin dudar. El agua cubría sus piernas, adormeciéndolas, haciendo que casi no respondieran. Pero aún así caminó, dejando atrás todo lo que alguna vez amó. Hundiéndose en el mar del olvido y del despecho. Porque son casi lo mismo, el despecho es amor perdido y lo perdido está olvidado. El agua hasta su cuello, su cuerpo dormido. Una brizna de arrepentimiento, no quería morir. Pero ya era tarde, una ola salvaje la tapó, hizo que sus pies dejaran de tocar el fondo. Y respiró, sintiendo el agua entrar en sus pulmones. Tosió una, dos veces y cayó en el lecho eterno. Cerró los ojos y se sumió en un sueño que no acaba.