viernes, 6 de abril de 2018

T Ó P I C O S


A veces, amor mío,
     memento mori.
Muerte, llanto, lejanía.
Sabiendo que a tus ojos
     no soy más luz
     que las luminarias.

A veces, raramente,
     omnia mors aequat.
Y mi deseo
     e g o í s t a
de que algo nos una
de nuevo.

A veces, si no,
     tempus fugit.
Que se me fuye
     fluyéndome
     entre los dedos.
Sin poder quedármelo.

A veces, mi corazón,
     religió amoris.
Que elevo en una plegaria,
por si llega a oírla.
     Por si quizás me bendice
     con un reflejo de sus ojos.

A veces, los buenos días,
     vita flumen.
Sintiendo que se disuelve,
     se lava, se desvanece.
Dejando en mí
     una tibia autocomplacencia.

A veces, mi vida,
     locus amoenus.
Aire en el fondo de los pulmones.
     Susurro de lavándulas.
Sabiendo que ningún dolor
     dura más que un suspiro.

Poema publicado en Autor/


Dentro
dentro mío,
lo sé.
Mi corazón lo sabe,
y mis pulmones,
y mis dedos fríos
                que ahora escriben
                que tiptapean ruidosamente.
Todos lo saben
menos yo.
Cada parte de mí
está al tanto.
Notificada.
Y yo lucho y lucho
por no saber
por no enterarme.
Nunca, no, no quiero.
Pero quizás ahora
mis dedos reviven,
se  re bela n  un poco.
Tratando de seguir
      de s e g u i r
al corazón.
Pero no quiero,                                                                                            
quiero mirar para otro lado.
Alargar todo lo posible la espera.
Hacer que cada segundo valga el doble,
o el triple o todo lo que sea necesario para evitarlo.
No siento, no, la piel fría,
los pulmones vacíos,
los dedos tiesos,
los ojos secos,
el Silencio.
No quiero saberSentir.
Pero es la verdad
es así querida,
estás
          Mue r t a
.

domingo, 25 de marzo de 2018

Cerrá la puerta



Todo comenzó una noche de febrero. El señor Miguel Persiguez volvía del hospital, donde un peón suyo estaba internado por una fiebre rara que no bajaba con los días. Llegó a su estancia, se bajó de la camioneta y caminó los tres o cuatro metros de pastos altos y yuyos que separaban la trotadora del zaguán. La luna nueva apenas alumbraba la noche oscura pero el camino a la puerta de entrada era recto y simple, y él no necesitaba luz para recorrerlo. Cuando estaba llegando, escuchó algo detrás de él. Algo se movía entre los pastos altos, se deslizaba lento como una serpiente, pero sin ese siseo con el que había aprendido a reconocerlas. Miró sin ver en la oscuridad y se apresuró a entrar a su casa. Cerró con llave y cerrojo, y le puso al borde de la puerta un burlete lleno de arena para que nada se arrastrara por abajo de ésta. Esa noche durmió un poco intranquilo, pero para la mañana siguiente todo el asunto del pastizal se había deslizado de su mente.
Unos días más tarde, resulto ser una noche muy calurosa. Asi pues estaban Persiguez, su señora y su primo sentados en el zaguán tomando una cerveza fría para paliar el calor. El señor había mandado a cortar todos los yuyos que rodeaban la estancia, a recortar todos los arbustos y a recoger todas las flores silvestres para dejar despejados al menos tres metros a la redonda. No quería que las alimañas se acercaran a la casa, y había algo que lo inquietaba en la sombra de los pastos.
           Entonces, entre risas y cuentos, Miguel Persiguez escuchó algo. Entre el murmullo de chicharras, grillos, ranas y demás bichos de monte había un ruido raro. Era como un borboteo viscoso y espeso que se deslizaba por detrás de los malvones que decoraban los costados de la casa. Trató de ignorarlo, de concentrarse en la historia del primo, pero el sonido se arrastraba de nuevo en su mente, intoxicando sus pensamientos. Le dijo a su mujer y a su primo que entrasen, que había algo raro ahí afuera. Ambos atribuyeron la repentina paranoia al alcohol, pero como ya era tarde, decidieron hacerle caso y ella entró a la casa. El primo, sin embargo, decidió que era mejor subirse a su caballo y seguir hasta su propia estancia. El señor Persiguez trató de convencerlo de que se quedara al menos por la noche.  Pero el primo era tozudo como él solo, y sin que le importe la hora, ni el calor, ni el ruido, subió a su caballo y se fue. Cuando entró a su casa, Persiguez cerró con llave y cerrojo, puso el burlete de abajo de la puerta y además le atravesó la tranca de madera. Durmió intranquilo, intermitentemente. Los perros ladraron toda la noche hasta quedarse roncos y a la mañana siguiente los encontró asustados y escondidos en el galpón.
 Hacia la siesta de ese mismo día llegó el comisario con malas noticias. El primo había desaparecido. Habían encontrado a su caballo, espantado y corriendo sin control por el campo. A pesar de los esfuerzos de la policía, no pudieron encontrar rastro alguno del primo. Algunos meses después, en la época de cosecha, encontrarían sus restos en una plantación no muy alejada de la casa del señor Persiguez.
            Los días siguientes, reforzó la puerta, sumó una tranca más y agregó arena al burlete para hacerlo más pesado. Todas las noches la aseguraba y cerraba los postigos de las ventanas. Dormía perturbado y se despertaba a horas de la madrugada solo para prender y apagar las luces de la galería. Su mujer empezó a unirse en las preocupaciones de su esposo. Preguntaba a cuanta vecina veía si sabía algo de susurros en la noche, si sus puertas también aparecían manchadas con una aureola negruzca y difícil de lavar, sobre todo en las noches nubladas o tormentosas.
Sucedió en ese entonces la mayor de las tragedias para un paisano. Una plaga que ningún veterinario podía explicar había empezado a atacar a los animales de corral. Gallinas, chivos y patos fueron los primeros. Pero paulatinamente otros animales de mayor tamaño empezaron a amanecer muertos, retorcidos en posiciones imposibles. Luego de algunos chequeos descubrieron también que tenían la sangre negra y purulenta. Pronto no había granja con gallina viva ni hacienda con caballo en pie. Los animales que quedaban parecían paralizados del miedo. Los descubrían a la mañana con los ojos desorbitados y la boca llena de espumarajos. Hasta los perros, que solían dormir en los patios y jardines de las casas, eran encontrados agarrotados en las últimas posiciones de lo que aparentaba ser un caso extremo de convulsiones. Fueron analizados todos los factores posibles, y solo encontraron que el agua estaba contaminada con una toxina desconocida, pero en un porcentaje demasiado bajo para causar tan terribles síntomas.
Pronto toda la región se encontraba alterada, las personas empezaban a rumorear sobre alguna macumba, alguna maldición que estaba afectando a los animales de la zona. Por supuesto, el señor Persiguez no dejaba de decir a cuanta persona se cruzara, que él sabía. Que había alguna alimaña rara rondando las haciendas, matando de miedo a los animales. Sabía, estaba seguro de que eso era cosa del diablo. Que alguien había jugado con cosas que no debía y había traído a esa plaga a los campos. Que era cuestión de tiempo para que el demonio se cansara de la sangre de vaca y chivo, para que empezara a buscar otro tipo de sangre. Y así fue, como si fuera una premonición, pronto empezaron a encontrar personas muertas, con los mismos ojos aterrados de los animales. Era como si lo último que vieran les sacara la vida por los ojos, les drenara la fuerza y la sangre del cuerpo. Primero eran personas que se encontraban afuera en la noche ocasionalmente, yendo de un lugar a otro. Luego fueron encontrados peones, muertos en sus propias casillas, le siguieron viejos que dormían confiados, con las ventanas abiertas de par en par. Poco a poco, la población fue decidiendo huir, mudarse a otros pueblos, yéndose a vivir a ciudades alejadas, vendiendo sus tierras a compañías internacionales que les pagaban una miseria. Todo con tal de escapar del terror que parecía perseguirlos.
Miguel Persiguez sin embargo se quedó. A pesar de todas las recomendaciones, y de que muchos de sus vecinos y familiares se unieran al éxodo, se quedó. Un poco porque había construido esa estancia y había cuidado sus animales toda su vida. Si se iba, ¿qué sería del trabajo de tantos años? Tirado a la basura, desperdiciado, desaparecido. No podía dejar que eso pasara, así que se quedó. Antes de que el sol siquiera se acercara al horizonte, ya se confinaba en su casa con todas las puertas cerradas con trancas, cerrojos, burletes y algo bloqueándolas. Metía a los perros y los hacía dormir en la cocina, sin que le importasen las quejas de su esposa. Y bebía. Se pasaba la noche sentado frente a la puerta, sosteniendo la escopeta en una mano y sirviéndose vaso tras vaso de vino. Esperaba que el sopor del alcohol lo hiciera olvidar lentamente hasta quedarse dormido.
Los días se sucedían mientras más y más familias abandonaban sus casas y sus campos, dejando cada vez más aislados al señor Persiguez y a su señora. Hasta que una mañana nublada se acercó el comisario a decirles que también la comisaría tenía que cerrarse. Antes de irse le pidió profundamente a Miguel que se uniera él también al éxodo, que no quedaría nadie para auxiliarlo en una emergencia, que pensase en su mujer. Y quizás fueron las palabras del comisario, o quizás fueran los restos del alcohol, pero decidió seguir su consejo. En un par de días partirían a la casa de unos parientes que vivían en una ciudad no tan alejada. Y ese mismo día, a pesar de que las nubes auguraban una noche tormentosa, los señores empezaron a embalar y a juntar sus pertenencias más importantes.
Era media tarde cuando ocurrió. El cielo estaba encapotado y el viento aullaba entre el silencio de los árboles de la estancia. La mujer de Persiguez estaba descolgando unas ropas del tendal cuando escuchó detrás de las sábanas un sonido viscoso que serpenteaba hacia ella. Asustada dejó caer toda la ropa y gritó por su marido. Cuando Miguel Persiguez se apresuró seguido por sus perros hacia donde su esposa, solo logró ver la mirada de espanto que le dirigían sus ojos muertos. Una masa negra, de la mitad de su tamaño, se arrastraba espesamente por encima de la cara de ella hasta que cubrió completamente esos dos ojos que se desbordaban de sus cuencas. Fue en ese momento cuando Persiguez reaccionó y echó a correr. Corrió desesperado hacia su casa, rogando llegar antes que esa cosa. Escuchó los desgarradores aullidos de sus perros y el borboteo que se acercaba, y se acercaba. La puerta estaba solo a unos metros cuando sintió el pútrido olor sulfuroso de la criatura que se le pegaba al paladar y le revolvía el estómago. Justo al último momento alcanzó la puerta entreabierta, entró rápidamente a la casa y cerró de un golpe. Dejó la escopeta y se apresuró a cerrar con llave y poner las trabas. De pronto un golpe hizo temblar toda la puerta, pero los cerrojos la mantuvieron intacta. Más golpes se sucedieron, cada vez más fuertes, pero la puerta soportaba estoicamente sin ceder. El señor Persiguez se alejó lentamente, agradeciendo a la Virgen por haberse salvado, por tener la chance de volver a ver la luz del sol. De repente, los golpes cesaron. Oyó el siseo revolverse en la puerta. Para cuando se dio cuenta que no había puesto el burlete de arena en el borde inferior, una baba negra y viscosa como alquitrán caliente ya empezaba a reptar por la rendija debajo de la puerta. Quiso buscar la escopeta, pero era inútil, ya sentía en el terror helado que le paralizaba la sangre que era demasiado tarde.