martes, 31 de mayo de 2016

Stalker



En frente de mi casa, cruzando la calle, hay otra casa aún más grande. Es toda blanca, y cuadrada, con grandes ventanales. No importa, la cosa es que en frente de mi casa vive una familia normal. Mamá, papa, una chica y su hermano mellizo como de mi edad, y un bebé. No sé si es nene o nena porque siempre está vestido de blanco. Me causa gracia que hoy en día se viven peleando por la identidad de género, cuando todos nacimos iguales. La misma cara gorda, cabeza grande, pelo corto, piel suave. Desvarío. Estaba hablando de la familia de enfrente. Mi ventana da directamente al ventanal de la chica. Y bueno, cada vez que miro para afuera veo su habitación. Quién lo diría, tremendo ventanal, hermosas cortinas, pero siempre descorridas. Una de dos. O a la chica le gusta mucho la luz solar, o no se da ni cuenta. Creo que es más la segunda, porque tampoco es muy pudorosa. Le conozco la anatomía bastante bien. No me malpiensen, que no me caliento por verla en tetas. (¡OH DIOS! ¡PEZONES! ¡SIENTO LA LÍBIDO ESTIMULARSE! ¡RECÓRCHOLIS!)
        A lo que quiero llegar es que a pesar de que nunca hablé con ella, y no sé ni su nombre, siento que la conozco. Se muchas cosas sobre ella. Le gusta bailar, bastante, se la pasa bailando. Es muy desordenada pero tiene una mucama que le ordena, así que ya fue. De vez en cuando la visita una chica alta con cara de perro salchicha que viste súper extravagante. Parece ser una amiga o algo. Puede estar horas tirada en la cama con su computadora o su celular. Pinta en un caballete más allá de la cama, toca el violín y le gusta jugar con un aro ula-ula. A veces su hermano entra en su habitación y se quedan charlando por varias horas, riéndose y viendo cosas en la computadora o en la tele. Sé que el hermano se llama Esteban, porque una vez fue a comprar tornillos a la ferretería donde trabajo y le pregunté.
Sé que todo esto suena muy de acosador, pero es que no puedo dejar de verla. A veces me doy cuenta de que lo primero que hago cando vuelvo de trabajar es  mirar a su ventana a ver si está. Me tiene encandilado (YA SÉ, ESTOY “ENAMORADO”. DISCULPEN, ESTO NO ES DISNEY). Por eso, cuando el viernes llegué a casa y ella estaba con un chico que no conocía, me puse celoso. Después pensé en que no había razón, que ella ni me conocía, que si quería estar con alguien, que estuviera. Después mis pensamientos se degradaron en hipótesis más desesperadas. Porque podía ser el primo, o un amigo, o un compañero de clase especialmente cariñoso, o un tercer hermano perdido que estaba misionando en Santa Fe de Bogotá. Después me fui a comer. Había guiso de arroz con alitas de pollo. Estaba buenísimo porque mi mamá es la mejor cocinera del mundo. Después volví a subir y los dos de enfrente estaban besándose con alma y vida contra la pared. Verlos era casi pornográfico. Totalmente atrapante. Fueron moviéndose hasta caer en la cama. Ahora era más pornográfico todavía, y al parecer el tipo estaba decidido a ponerse al día con su conocimiento de anatomía femenina. De golpe se separaron un poco. Se dijeron un par de cosas, miraron a la ventana, volvieron a hablar, ella volvió a mirar por la ventana y me vio. Sé que me vio. Sé que se dio cuenta del brillo de despecho ávido de mis ojos. O no. No sé si no tiene miopía. La cosa es que le tipo cerró las cortinas y yo me perdí de toda la acción. (OTRA VEZ, NO SOY UN PERVERTIDO, SOLAMENTE SOY CURIOSO) La cuestión de todo esto es que hoy ella volvió a abrir las cortinas, y esta vez miró para mi ventana. Me saludó un poco avergonzada y siguió buscando un no sé qué por su habitación. Y nada, eso, que espero alguna vez cruzármela para comentarle que me gusta bastante la mancha de nacimiento que tiene debajo de la teta izquierda.

domingo, 8 de mayo de 2016

Alula



Érase una vez una chica llamada Alula.
Alula tenía un secreto, bastante feo.
Alula era terriblemente torpe.
¿Por qué eso era tan feo?
Alula era la princesa heredera al trono.
Era la bailarina principal de la compañía.
Era la principal candidata en las elecciones.
Era la hija mayor, menor y la del medio.
Era la esperanza de su pueblo.
Era una artista prodigiosa.
Era el mejor promedio de su clase.
Era una promesa en los deportes.
Era la próxima gran escritora de su generación.
Era una actriz innata camino a la fama.
Todo el mundo veía mucho potencial en ella.
Por eso no podía ser torpe.
Era tan torpe que tenía las rodillas llenas de moretones púrpuras.
Era tan torpe que usaba mangas largas en verano.
Era tan torpe que un día se cortó con una cuchilla.
Era tan torpe que una vez se enredó con unas sogas y casi se ahoga.
Era tan torpe que lloraba y no sabía por qué.
Esa era Alula. Era bastante hermosa y tenía un buen futuro por delante.
Pero nadie se preguntó por qué era tan torpe.
Así que nadie se sorprendió cuando cayó por el balcón del tercer piso.
De puro torpe, supongo.

domingo, 1 de mayo de 2016

Pedazos de vidrio



-No sos vos, soy yo.
Dijo él, y creyó escuchar que a alguien se le caía un vaso al suelo a lo lejos. Y no le dio importancia. Ella lloró un poco y pidió disculpas por llorar, porque se sentía tonta. Dijo que no había problema, sonrió, hizo un último chiste, se dio la media vuelta y se fue caminando. No había dado tres pasos cuando un sollozo se escapó de su garganta y una riada de lágrimas le bañó la cara. Su cuerpo tembló un poco y se apretó las costillas esperando no caerse en pedazos ahí mismo. Apretó el paso dolorosamente. No dejaba de mirar sobre su hombro esperando verlo, esperando que la siguiera, esperando que viniera a consolarla, esperando... pero nunca lo vio, ni él la siguió, ni la consoló, ni... y llegó a una plaza de por ahí cerca. Se sentó en la hamaca de siempre, la segunda de izquierda a derecha.
Una vez que se hubo sentado, aflojó el agarre de sus costillas y se miró la mano. Estaba manchada de sangre roja, oscura y espesa. Trató de no alarmarse y calmar su respiración. Se sacó la campera gruesa y la dejó en la hamaca de al lado junto con su mochila. Se miró el pecho, donde la sangre le empapaba la remera y la campera de algodón hasta la cintura. Su respiración se entrecortó un poco por el dolor mientras buscaba un cigarrillo en la mochila y lo prendía. El humo se le filtró por la garganta hasta el fondo de los pulmones. De la mancha de sangre en el pecho empezó a salir una fina voluta de humo, que siguió hasta que ella hubo soltado todo el humo que tenía dentro. Se puso los auriculares, puso una canción tranquila, bajita y se sacó también la campera fina, quedando solamente con la remera mangas cortas en el frío de fines de abril. Desde la superficie sanguinolenta de la remera podía ver los pedazos de vidrio que le salían de la piel. Empezó a agarrarlos con la mano que tenía libre y a tirar de ellos hasta que los sacaba por completo. Una vez afuera los ponía en uno de los bolsillos de la mochila. Tenía que quitar los pedazos más grandes que le atravesaban la piel y hacían que no dejara de salir sangre. Ya en su casa sacaría todos los fragmentos de su corazón y los lavaría con agua y los secaría con ceniza y los dejaría en la repisa, en una caja llena de flores de lavanda secas mientras se le curaban las heridas del pecho. Y cuando llegara el momento de volver a amar, de volver a entregarlo todo por amor, se lo tragaría con mucha dificultad, o se abriría un tajo en el pecho para que quede mejor acomodado. Eso dependía de lo rápido que se enamorara.
Cuando todos los pedazos importantes estaban afuera, se limpió la mano con el frente de la remera, le dio la última pitada a su cigarrillo, y lo tiró en la arena sucia de la plaza. Se abrigó, esperando que entre las dos camperas negras se disimulara un poco la sangre. Como se sentía desesperadamente vacía sin su corazón, puso la música a tope, tan fuerte que la aislaba del resto del mundo. Y caminó. Caminó sin mirar al cruzar la calle, sin prestarle atención a la gente. Caminó aunque le dolían las piernas y no podía respirar. Caminó aunque los restos de su corazón le hacían guiñapo la piel. Caminó aunque le chorreaba sangre por la boca y no paraba de toser pedazos de vidrio. Caminó sorda y ciega y muda y torpe ante el mundo. Totalmente insensibilizada. No tardaría ni un día en recuperar la sonrisa falsa y los chistes malos que escondían su entumecimiento de la gente. No era la primera vez que le pasaba. Sabía que no sería la última. Entonces siguió caminando mientras lloraba a mares, y escupía vidrio y se reía de su mala suerte.