domingo, 1 de mayo de 2016

Pedazos de vidrio



-No sos vos, soy yo.
Dijo él, y creyó escuchar que a alguien se le caía un vaso al suelo a lo lejos. Y no le dio importancia. Ella lloró un poco y pidió disculpas por llorar, porque se sentía tonta. Dijo que no había problema, sonrió, hizo un último chiste, se dio la media vuelta y se fue caminando. No había dado tres pasos cuando un sollozo se escapó de su garganta y una riada de lágrimas le bañó la cara. Su cuerpo tembló un poco y se apretó las costillas esperando no caerse en pedazos ahí mismo. Apretó el paso dolorosamente. No dejaba de mirar sobre su hombro esperando verlo, esperando que la siguiera, esperando que viniera a consolarla, esperando... pero nunca lo vio, ni él la siguió, ni la consoló, ni... y llegó a una plaza de por ahí cerca. Se sentó en la hamaca de siempre, la segunda de izquierda a derecha.
Una vez que se hubo sentado, aflojó el agarre de sus costillas y se miró la mano. Estaba manchada de sangre roja, oscura y espesa. Trató de no alarmarse y calmar su respiración. Se sacó la campera gruesa y la dejó en la hamaca de al lado junto con su mochila. Se miró el pecho, donde la sangre le empapaba la remera y la campera de algodón hasta la cintura. Su respiración se entrecortó un poco por el dolor mientras buscaba un cigarrillo en la mochila y lo prendía. El humo se le filtró por la garganta hasta el fondo de los pulmones. De la mancha de sangre en el pecho empezó a salir una fina voluta de humo, que siguió hasta que ella hubo soltado todo el humo que tenía dentro. Se puso los auriculares, puso una canción tranquila, bajita y se sacó también la campera fina, quedando solamente con la remera mangas cortas en el frío de fines de abril. Desde la superficie sanguinolenta de la remera podía ver los pedazos de vidrio que le salían de la piel. Empezó a agarrarlos con la mano que tenía libre y a tirar de ellos hasta que los sacaba por completo. Una vez afuera los ponía en uno de los bolsillos de la mochila. Tenía que quitar los pedazos más grandes que le atravesaban la piel y hacían que no dejara de salir sangre. Ya en su casa sacaría todos los fragmentos de su corazón y los lavaría con agua y los secaría con ceniza y los dejaría en la repisa, en una caja llena de flores de lavanda secas mientras se le curaban las heridas del pecho. Y cuando llegara el momento de volver a amar, de volver a entregarlo todo por amor, se lo tragaría con mucha dificultad, o se abriría un tajo en el pecho para que quede mejor acomodado. Eso dependía de lo rápido que se enamorara.
Cuando todos los pedazos importantes estaban afuera, se limpió la mano con el frente de la remera, le dio la última pitada a su cigarrillo, y lo tiró en la arena sucia de la plaza. Se abrigó, esperando que entre las dos camperas negras se disimulara un poco la sangre. Como se sentía desesperadamente vacía sin su corazón, puso la música a tope, tan fuerte que la aislaba del resto del mundo. Y caminó. Caminó sin mirar al cruzar la calle, sin prestarle atención a la gente. Caminó aunque le dolían las piernas y no podía respirar. Caminó aunque los restos de su corazón le hacían guiñapo la piel. Caminó aunque le chorreaba sangre por la boca y no paraba de toser pedazos de vidrio. Caminó sorda y ciega y muda y torpe ante el mundo. Totalmente insensibilizada. No tardaría ni un día en recuperar la sonrisa falsa y los chistes malos que escondían su entumecimiento de la gente. No era la primera vez que le pasaba. Sabía que no sería la última. Entonces siguió caminando mientras lloraba a mares, y escupía vidrio y se reía de su mala suerte.

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