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25 noviembre, 2015

Hinkypunk



  Esa noche había niebla. Más que niebla era como un mar lechoso que inundaba el páramo. Se arremolinaba entre los árboles y los matorrales; entre las ruedas del auto parado al ralentí en la pequeña calle de tierra perdida entre los pastizales. El hombre al volante miraba con desidia su teléfono. No tenía señal. Tiró el teléfono  en el asiento del acompañante y se recostó contra el apoyacabezas. Un suspiro ahumado se deslizó entre sus labios resecos. Quería llenárselos de humo acre con un cigarrillo, pero no podía. Se había dejado el atado en su casa y a su hermana no le gustaba que fumara. Pero es que estaba tan cansado. Ese cansancio que se filtra en el tejido esponjoso de los huesos y los hace más pesados. Ese cansancio que hace que llames al trabajo para decir que estas enfermo; que hace que te den trabajo en tu casa; que no haces, porque estás cansado. Ese cansancio que se confunde con la depresión.
   Ese mismo cansancio que hizo que el hombre se escapara del mundo a la casa de su hermana en las costas escarpadas de Inglaterra. Tan cansado estaba de todo que perderse en los campos de camino a casa de su hermana no le resultaba tan abrumador como debía. Y eso que ella le había dicho más de una vez que si se le hacía tarde buscara un hostal, o una pensión, una posada, algo donde pasar la noche. “Ni se te ocurra seguir andando una vez que anochece. No quiero que te pase nada” había dicho. Pero él no le hizo caso, porque estaba cansado y no quería parar, quería llegar a casa de su hermana y descansar. Y ahora estaba perdido en el medio de la niebla mirando el techo. Sin cigarrillos.
   Alzó la vista ya resignado y vio la niebla a la luz de su único faro. Vio el pasto seco, la tierra húmeda por la bruma eterna del mar. Vio dos luces rojas más adelante. Luces de auto. Se irguió sobre s asiento y despertó al motor con un giro de la llave. Se puso en marcha hacia las luces que se alejaban pensando en que quizás podría pedir direcciones. O quizás alojamiento, o quizás solo compañía. Quizás. Avanzó pisando la bruma con las ruedas, navegando en las olas blancas. Las luces parecían acercarse de a poco, pero aun no podía ver el auto frente a él. Aceleró, haciendo que su auto traquetee sobre los yuyos. Dando bandazos sobre el terreno irregular.   
   De golpe su auto se hundió y se caló. El hombre le volvió a dar arranque, y aceleró pero el auto no se movió. Las ruedas enlodadas giraban sin avanzar salpicando barro y pasto. Soltó una retahíla de improperios y salió. Por suerte las luces del otro auto habían parado más allá. “Habrá escuchado que me empantané” pensó. Se dirigió avanzando con el barro hasta los tobillos. Gritó pidiendo ayuda pero el otro conductor parecía no prestarle atención. O ni siquiera importarle. Sintió un escalofrío en la nuca y se estremeció pero no se detuvo. Las luces estaban ahí, llamándolo, guiándolo entre las nubes de niebla. Y se despeñó. Cayó por el acantilado en dirección al mar con las luces rojas flotando sobre su cabeza, lejos del borde. Lo último que escuchó fue la risa del malvado demonio en sus oídos.

23 agosto, 2014

Torpe (tres veces torpe)


La chica esa era torpe (si señor). Pero no era esa torpeza que hace ver a las chicas lindas, adorables, tímidas, medio inútiles, pero aun así muy tiernas. Qué se yo (la chica sabía aún menos). No de esa que se ve en las novelas (Y en la tele, y en las películas, y en las revistas, y en la farándula, y en…). Esa tenía la torpeza que la hacía ver tonta, ridícula, cómica, completamente vergonzosa,  y esa odiaba ser así. Pero además de torpe era conformista (demasiado conformista). Así que quiso cortarse la mano derecha y el pie izquierdo, pera tener una excusa (por ser torpe, no conformista). Pero de lo torpe que era, se cortó un dedo izquierdo y una uña derecha. El dedo era el anular, y la uña del meñique del pie (uy, qué terrible). Esa se desasosegó, no era lo que quería, no le daba una excusa suficiente, pero no lo iba a cambiar. Ni lo iba a intentar de nuevo (porque le había dolido mucho). Así que se quedó con un dedo menos y nunca pudo casarse (porque no tenía un dedo para la alianza). Nunca tuvo hijos y solamente crió camada tras camada de gatos. Murió. (Muy torpemente, hay que decirlo)

24 abril, 2013

Historia triste

Un lluvia fina caía mojando el piso, salpicando las ventanas, haciendo charquitos en las baldosas rotas. Amaba la lluvia cuando era pequeña, porque me mojaba y me hacía cosquillas. Pero ya no, porque la lluvia me hace recordar ese frío día de invierno cuando estaba afuera de la casa funeraria donde velaban a mi mamá. Tenía 19 en aquel tiempo. Rebelde, haciéndome creer que podía contra el mundo yo sola, cuando lo único que quería era un cálido abrazo de mi mami. Pero mi madre murió un 30 de agosto, en día de Santa Rosa. Nunca creí en Dios ni en los santos, pero quería suponer que estaba en un lugar mejor. Nunca conocí a mi padre, un viejo verde que embarazó a mi mamá, la llenó de ilusiones y de la nada desapareció. Mamá me crió sola, ella y yo en la gran ciudad. Trabajaba y me ayudaba con los deberes, esos son mis dos recuerdos de ella de mi infancia. Algunas pocas peleas, casi ninguna.Tantas lágrimas, y hambre. No fue una infancia normal, porque a veces nos embargaban la casa y dormíamos en un hotel barato o en la casa de algún amigo de mamá.
 Ahora ella estaba en un cajón rumbo al cementerio y yo estaba sola. A una edad en la que creía que me las sabía todas, cuando en realidad no sabía nada. Fueron días horribles, en una casa solitaria y vacía, sin vida en absoluto. Yo por dentro estaba igual. No podía distinguir los días de las noches, ni mucho menos levantarme para hacer algo. No salía de casa, y apenas me levantaba de la cama cuando la necesidad de ir al baño me llamaba. Empecé a perder peso, estaba escuálida y sucia, pálida como la nieve. Me encontró un día el encargado del edificio, que se preocupó al ver que mi correo se amontonaba en la mesa de entrada. Era un chico joven y apuesto, en otro tiempo me habría gustado, pero ahora estaba tan derruida que no concebía que hubiera algo de amor en mi.

12 marzo, 2013

Flamas

Hoy no se que escribir, así que probablemente termine siendo algo muy genial...o muy mierda.

Una mujer prende una vela, porque no hay luz, porque quiere rezar, porque tiene un invitado especial. Y la llama baila sobre la punta candente del pabilo. Se menea, se retuerce, se estremece; y de pronto una pequeña parte de ella salta hasta la servilleta de papel debajo del porta-velas. De allí camina despacio hasta el servilletero y se esconde entre las servilletas plegadas. Se asoma tímidamente para ver si hay alguien y se desliza serpenteante hasta el  borde de la mesa. De allí salta, vuela y cae en la alfombra. Se arrastra como una serpiente y se oculta debajo del sofá. Corre apresurada hasta la pared y se sube a la cortina; trepa y trepa hasta el borde de la ventana cerrada. Trata de salir, pero el vidrio se lo impide. Del otro lado, oscuridad, noche. Mira a su alrededor y ve una luz en la cocina. Y en la cocina una ventana abierta. Baja de la ventana, recorre la sala, sube a una silla y vuelve a bajar. Llega a la cocina toda apresurada. Recorre los cerámicos nacarados y sube por la paja de la escoba. Sigue subiendo por el palo, llega a la mesada y repta hasta debajo de una tacita de te. Pero tiene poco aire ahí abajo, empieza a ahogarse, a hacerse mas y mas diminuta. Sale presurosa de ahí abajo y corre despavorida hacia la ventana. Pero hay un problema, la gran pileta llena de agua y platos; rodeada de pequeñas gotas de agua que son como un campo minado para la flama. Empieza a caminar, paso a paso, un movimiento en falso y sería flama muerta.Roza de pronto una diminuta gotita y el agua se evapora. La flama zigzaguea esquivando las gotas a toda velocidad y llega a la cortina y de ahí a la madera y antes de saltar al pasto y ser libre mira hacia atrás y ve las cientos de miles de flamas que se distribuyen por la casa. Salta hasta el suelo y sigue corriendo, lejos, muy lejos. Su único objetivo es alcanzar al sol. Pero de pronto un terremoto la sacude y un camión rojo se detiene a unos metros de ella. La flama retrocede apurada, escondiéndose entre el pasto y las demás llamas. Grandes chorros de agua salen escupidos de largas mangueras, y van extinguiendo las hermanas de la llama. Una a una desaparecen. Al final solo queda ella, sola, agazapada tras un yuyo. Tiembla, ve un pie gigante y antes de morir pensó en que nunca había visto el sol.

Historias

- ¿Y vos qué haces?-
- Creo cosas-
-¿Cosas como qué?
-Historias. Historias que te llevan mas allá de este mundo, de lo bueno y lo malo; de la guerra y de la paz; de la locura y la sanidad; de Dios y del Diablo; de al tierra y el mar. Creo historias a partir de cosas en la vida real, haciendo que creas que lo que estoy diciendo es verdad. Por ejemplo, ¿ves a ese chico con la remera gris? ¿Ves la mirada vacía en sus ojos? Él esta pensando en lo bueno que sería el mundo sin ti, sin ustedes. Piensa en lo fácil que sería buscar un arma y matarlos a todos. Pero él no lo hará, porque él no tiene las agallas y le teme a la culpa. Puedes pensar que eso es bueno, pero no lo es. ¿Sabes por qué? Porque él dejará ese sentimiento dentro de el, donde se pudrirá y corroerá su alma hasta lo mas mínimo. Y así, un día, él tomará un arma y saldrá a las calles a matar, solo para ver la sangre correr como ríos y caer como cascadas. Matará a todo lo que se le cruce solo para saciar al sentimiento parásito que le absorbe la vida, que lo desintegra. Y luego, cuando vuelva la vista atrás verá todo lo que hizo y, en un acto de bondad, apuntará el cañón del arma a su boca y ¡Bam! Se volará los cesos al final de la calle regada de cadáveres-
-Ah...-

Albya se levantó de la mesa y caminó directo al chico de gris, le sonrió y se sentó a su lado.

20 febrero, 2013

Pensamientos confusos



La luna asomaba entre las nubes develando así su curvilínea forma de C y los grillos llenaban el aire de una apacible melodía que me hacía recordar las noches en el campo. Ahora, tras esta ventana asegurada de una forma que yo no pudiera abrirla, observaba el pacífico paisaje nocturno que se devalaba ante mí. En verdad era lo único entretenido para mirar, dentro mi habitación era sosa, paredes blancas, cama blanca, piso blanco, ¿Qué puede haber de entretenido en un cuarto de manicomio? La camisa de fuerza me acalambraba los brazos e imposibilitaba la tarea de rascarme la espalda como es debido, por eso de vez en cuando me restregaba contra la pata de la cama como un animal marcando su territorio. Estar encerrada da mucho tiempo para pensar, y de qué forma mi mente volaba cuando me mandaban a confinamiento solitario. La posición de las estrellas me decía que estábamos a fines de marzo, aunque las hojas desparramadas por el césped eran más elocuentes que la posición de esas enormes masas de calor y energía a millones de años luz del hospital. De pronto un grito se escuchó a lo lejos, desde otra parte del complejo, buenas noticias, pronto me sacarían de este aborrecible cuarto albino para dejárselo a alguna otra pobre alma confinada.

Miró



Miró, miró a lo lejos y suspiró, dejando que en ese suspiro se fueran los restos de su voluntad. Miró la rompiente de las olas a pocos metros y saboreó la bruma salada.  Era pleno invierno, la playa estaba vacía. El viento soplaba y movía las hebras de cabello que caían sobre su cara. Un frío que calaba los huesos la hacía tiritar. Dio un paso y sintió la arena helada bajo sus pies desnudos. Se quitó la campera, quedando al descubierto sus brazos desprovistos de mangas, su pecho cubierto por una fina blusa de gasa. Las marcas rojas en sus antebrazos mostraban el dolor de las noches oscuras, cuando sus únicos amigos eran un cutter  y una gasa. Las profundas huellas del dolor y de la soledad eran nítidas ante los suaves rayos del amanecer, que no alcanzaban para derretir la escarcha nocturna.
Cerró los ojos y avanzó, un paso, luego otro. Perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Estaba sola, sola y perdida como tantas mañanas en las que despertaba sin saber qué hacer, qué sentir, qué decir. Verse libre del martirio de la rutina y el tedio la alegró. Eso la hizo sentir mal, no podía permitirse empezar a sentir justo en ese momento. Apuró el paso decididamente, de un momento a otro podría perder las agallas y el coraje propios de los suicidas.
En su mente recitaba a su autora favorita, Alfonsina Storni. Los versos se le escapaban de los labios y volaban lejos, perdiéndose en la lejanía. Versos propios, fruto de las noches de insomnio y desesperanza, se fusionaban con los otros, generando nuevas e inéditas poesías. Poesías que jamás verían la luz del mundo, que quedarían perdidas en las hojas de su cuaderno, entre las líneas emborronadas por las lágrimas y manchadas de sangre.
Cuando sus pies tocaron el agua fría sintió un escalofrío, pero no se detuvo. Siguió adelante sin temerle a la muerte, sin dudar. El agua cubría sus piernas, adormeciéndolas, haciendo que casi no respondieran. Pero aún así caminó, dejando atrás todo lo que alguna vez amó. Hundiéndose en el mar del olvido y del despecho. Porque son casi lo mismo, el despecho es amor perdido y lo perdido está olvidado. El agua hasta su cuello, su cuerpo dormido. Una brizna de arrepentimiento, no quería morir. Pero ya era tarde, una ola salvaje la tapó, hizo que sus pies dejaran de tocar el fondo. Y respiró, sintiendo el agua entrar en sus pulmones. Tosió una, dos veces y cayó en el lecho eterno. Cerró los ojos y se sumió en un sueño que no acaba.